viernes, 12 de enero de 2018

Fra Angelico y la Esperanza Cristiana

Fra Angelico.
La Coronación de la Virgen

1432 - Dimensiones (112 × 114 cm)        
Galería de Gli Uffizi - Florencia

La Coronación de la Virgen es un cuadro (témpera sobre tela) realizado por Fra Angelico, alrededor de 1432. Otra versión realizada por el Angélico, unos tres o cuatro años más tarde se halla en el Museo del Louvre en París.

La obra se menciona como de Fra Angelico en un manuscrito de la Biblioteca Nacional de Florencia [Cod. Magliabe., XVII, 17] y Giorgio Vasari escribe que se encontraba situada en la iglesia de San Egidio en Florencia. También son conocidos los dos paneles de la predela (frente inferior de la obra). Los mismos describen las Bodas y los Funerales de la Virgen, y están actualmente expuestos en el Museo de San Marco.

La pintura, con fondo dorado, herencia de la pintura medieval y de la iconografía oriental, muestra al Paraíso Celestial como el lugar de la Coronación.

El mismo Cristo corona a la Virgen. Las dos figuras, se halla en medio de los rayos de la Gloria Divina. La pintura expresa el destino final de la Humanidad rescatada por Cristo y elevada a la Gloria de su condición de Resucitado y Glorificado. Como toda la pintura del Angelico, tiene una dimensión teológica y representa la Fe de la Iglesia en la Resurrección Final y la Vida Eterna. Vemos una gran multitud de santos, ángeles y bienaventurados. A la izquierda, en primer plano, está san Egidio, titular de la iglesia que albergaba originalmente la obra. Su rostro fue posiblemente modelado sobre el de Antonino de Florencia, antiguo prior del convento de San Marco, al que Fra Angelico pertenecía. Lo siguen Zenobio de Florencia, san Francisco y santo Domingo. A la derecha se hallan las santas mujeres con la primera testigo de la Resurrección, María Magdalena, arrodillada. En el fondo los ángeles músicos cantan el canto nuevo de la Alegría Definitiva.


La estructura de la obra y la utilización de colores brillantes muestra la influencia del maestro de Fra Angelico, Lorenzo Monaco, que pintó también una Coronación de la Virgen, y se halla igualmente en los Uffizi.




miércoles, 20 de diciembre de 2017

Nochebuena. Un poema y un pintor.

NOCHEBUENA

Francisco Luis Bernárdez



Noche en que el sol infinito
Mira nuestra ceguedad
Y nos envía una chispa
De su inmensa claridad,
Para que aparte las sombras,
Incendie la soledad,
Y abra nuestros ojos ciegos
A la luz de la verdad.

Noche en que el mar infinito
Contempla nuestra aridez
Y se ofrece a nuestros labios
En una gota de miel,
Que a pesar de ser pequeña
Tiene bastante poder
Para saciar hasta el fondo
Las ansias de nuestra sed.

Noche en que el cielo infinito
Mira la tierra infeliz
Y se confunde con ella
En un abrazo sin fín.
Para que, de tan dichosos,
No podamos distinguir
Dónde termina la tierra
Y empieza el cielo feliz.

Noche en que el tiempo infinito,
Sin ayer, mañana ni hoy,
Contempla el tiempo que mide
Nuestra pena y nuestro amor,
Y le infunde la energía
De su eterna perfección,
Para que nuestros latidos
Se cuenten por los de Dios.

Noche en que el Ser infinito
Se apiada de nuestra cruz
Y da comienzo a la suya
sobre la tierra sin luz,
Para que yendo a su lado
Por el bien y la virtud,
Encontremos el camino

De la paz y la salud.



Andrea De Litio (o también Delitio o Delisio) nació en Lecce nei Marsi, alrededor de 1420 y murió en Atri alrededor de 1495. Fue un pintor italiano del Renacimiento. Se cuenta entre los mayores exponentes de la pintura centromeridional de su época. Fue un artista de relieve del Quattrocento italiano, junto a los escultores Nicola da Guardiagrele y Silvestro dell'Aquila; su estilo siguió unido también al período gótico tardío, aunque conocía muy bien el arte de sus contemporáneos más famosos.









viernes, 27 de octubre de 2017

El Greco y la expulsión de los mercaderes del Templo


La expulsión de los mercaderes del templo es un cuadro pintado por El Greco (Domenikos Theotokopoulos, 1541-1614). Este óleo sobre tela mide 106 centímetros de alto y 130 cm de ancho, y fue ejecutado hacia el año 1600. Se conserva en la National Gallery de Londres.

Además existen otras cinco versiones de este mismo tema. Las dos primeras corresponden al periodo italiano. En ésta desaparecen figuras laterales de versiones anteriores y tanto el grupo de mercaderes expulsados de la izquierda como el de la derecha adquieren prácticamente la composición definitiva que se conservó en el resto de versiones. Cristo adquiere respecto a los cuadros anteriores más jerarquía quedando totalmente exento de las figuras que lo rodean, también mediante efectos de luz adquiere más protagonismo, básicamente apagando el resto de personajes. La arquitectura sigue siendo la romana que corresponde a la segunda versión pero en ésta se ha reducido su importancia, ahora solo ocupa la cuarta parte superior, también el color de la misma es más apagado. En esta versión predomina la importancia de las figuras.

Existe otra versión también realizada en el 1600, que se conserva en la Frick Collection de Nueva York, prácticamente igual a ésta pero de menor tamaño.[1] 

La expulsión de los mercaderes del Templo es un relato que se encuentra en los cuatro evangelios. En los sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas) el episodio está ubicado en el comienzo de la última semana de la vida de Cristo, mientras que en Juan se ubica al comienzo de su vida pública y en el contexto de la primera de las tres Pascuas. 

En los sinópticos la acción de Jesús expresa el reproche hacia aquellos que han convertido el Templo en una “cueva de ladrones”. La expulsión adquiere así un carácter de castigo purificador propio del lenguaje de los profetas que son citados: Is 56, 7 y Jer 7, 11.

Pero, en el texto joánico, como nos explica Luis H. Rivas, “Jesús no interviene con palabras tomadas del Antiguo Testamento. La primera interven­ción son palabras suyas dichas con autoridad (v. 16b): "¡Saquen esto de aquí y no hagan de la casa de mi Padre una casa de comercio!" Define al Templo como "la casa de su Padre" e implícitamente se manifiesta como el Hijo de Dios.

La interpretación del gesto y las palabras de Jesús está tomada del libro de los Salmos y puesta como un comentario de los discípulos: "El celo por tu casa me consumirá" (Sal 69,10). El salmista, un piadoso judío, se lamenta porque ha si­do encarcelado e interpreta que ha caído en esa situación por su fidelidad al Tem­plo ("El celo... me ha consumido"). La versión de los LXX tradujo el verbo en futuro ("… me consumirá"), y Juan asume el texto de esta forma, entendiéndolo como una pro­fecía que se refiere directamente a Jesús y que apunta hacia la Pasión y la Pascua.”[2]

A continuación transcribo los textos para poder cotejarlos.

Mt 21, 12-13
Después Jesús entró en el Templo y echó a todos los que vendían y compraban allí, derribando las mesas de los cambistas y los asientos de los vendedores de palomas. Y les decía: «Está escrito: Mi casa será llamada casa de oración, pero ustedes la han convertido en una cueva de ladrones».

Mc 11, 15-17 
Cuando llegaron a Jerusalén, Jesús entró en el Templo y comenzó a echar a los que vendían y compraban en él. Derribó las mesas de los cambistas y los puestos de los vendedores de palomas, y prohibió que transportaran cargas por el Templo. Y les enseñaba: «¿Acaso no está escrito: Mi Casa será llamada Casa de oración para todas las naciones? Pero ustedes la han convertido en una cueva de ladrones».

Lc 19, 45-46 
Y al entrar al Templo, se puso a echar a los vendedores, diciéndoles: «Está escrito: Mi casa será una casa de oración, pero ustedes la han convertido en una cueva de ladrones».

Jn 2, 13-17
Se acercaba la Pascua de los judíos. Jesús subió a Jerusalén y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas y a los cambistas sentados delante de sus mesas. Hizo un látigo de cuerdas y los echó a todos del Templo, junto con sus ovejas y sus bueyes; desparramó las monedas de los cambistas, derribó sus mesas y dijo a los vendedores de palomas: «Saquen esto de aquí y no hagan de la casa de mi Padre una casa de comercio». Y sus discípulos recordaron las palabras de la Escritura:
El celo por tu Casa me consumirá.

Este trasfondo escriturístico está expresado en las imágenes que el Greco ha pintado como decoraciones del pórtico del fondo a modo de relieves monocromos y que se encuentran a la izquierda y a la derecha del arco que se halla detrás de la figura de Jesús.

La de la izquierda representa otra famosa expulsión, la del Paraíso. Adán y Eva son castigados así por su desobediencia.
La de la derecha, en cambio, representa el sacrificio de Isaac justo en el momento de la intervención del Ángel que impide el sacrificio del hijo de Abrahám y que será sustituido por el carnero enredado en la zarza, figura de Cristo en su Pasión que se entrega por la salvación de todos los hombres.

Podemos decir que El Greco sacó a la luz la doble dimensión del misterio que representaba su cuadro. Jesús es el centro del mismo. A su derecha (a nuestra izquierda) se encuentra el grupo de los mercaderes y cambistas expulsados y a su izquierda el de los discípulos que parecen comentar y contemplar lo significado por el obrar terminante de Jesús.

Éste ha venido para quitar (expulsar) el pecado del mundo y para terminar con el círculo de los sacrificios de los chivos expiatorios. Él es el único Cordero que quita el Pecado. No hace falta más sangre ni violencia sagrada. Su amor se derrama por todos y el paraíso terrenal será superado, como morada humana definitiva, por la casa del Padre de Jesús.




[1] Imagen y artículo extraído de Wikipedia.
[2] Luis H. Rivas: El Evangelio de Juan. Ed. San Benito. Bs. As. 2005. p.154.

lunes, 14 de agosto de 2017

MAESTRO DE ALKMAAR - Obras de Misericordia




Las Obras de Misericordia , del Maestro de Alkmaar pintadas para la Iglesia de San Lorenzo en Alkmaar, Países Bajos . Los paneles de madera muestran las obras de misericordia en este orden: dar de comer a los hambrientos, dar de beber a los sedientos, vestir a los desnudos, sepultar a los muertos, albergar a los peregrinos , visitar a los enfermos, y visitar a los encarcelados. (Ca. 1504)

ROMANO GUARDINI - LA BONDAD


Romano Guardini, nació el 17 de febrero de 1885 en Verona (Italia) y murió el 1 de octubre de 1968 en Munich (Alemania) a los 83 años. Fue sacerdote católico, teólogo y filósofo de la religión.

Forma parte de la generación de los grandes teólogos católicos del siglo XX, al lado de Henri de Lubac, Karl Rahner y Hans Urs von Balthasar. Se debe a él en particular una reflexión profunda sobre la liturgia y es uno de los protagonistas mayores de la gesta conciliar del Vaticano II.

La familia de Romano Guardini dejó Italia en 1886 para trasladarse a Maguncia, donde asiste  a los cursos del Liceo a partir de 1903. Estudiante destacado, comienza sus estudios de química en Tubinga y de economía en Munich y Berlín, estudios que abandona para ser sacerdote de la diócesis de Maguncia ordenado por Mons. Georg Heinrich Maria Kirstein.
Estudió teología en Friburgo (Brisgovia) y en Tubinga. Se doctora en teología en 1915 con un trabajo sobre San Buenaventura. Trabajó con los movimientos juveniles y obtuvo una cátedra de filosofía de la religión en 1923 en Berlín. A partir de 1945 enseña en Tubinga, y luego en Munich desde 1948 hasta su muerte. El papa Paulo VI quiso nombrarlo cardenal en 1965. Guardini rechazó el nombramiento por modestia.
La universidad de Ludwig-Maximilian de Munich creó una cátedra de filosofía de la religión con su nombre.
Romano Guardini fue sepultado en el cementerio de los sacerdotes del Oratorio de San Felipe Neri en la parroquia de san Lorenzo de Munich. Luego sus restos fueron trasladados a una capilla de la parroquia de San Luis de Munich.


Guardini fue reconocido por sus obras sobre la naturaleza de la liturgia y su participación. Entre las principales se cuentan Vom Geist der Liturgie 1918 (El espíritu de la liturgia), Von Heiligen Zeichen 1922-1923 (Los signos sagrados) y Besinnung vor der Feier der Heiligen Messe 1939 (Reflexión ante la Celebración de la Santa Misa). El corazón de la teología litúrgica de Guardini era la asamblea, y  la asamblea concreta. Sin ella la liturgia está vacía.

El texto que sigue está sacado de sus "Meditaciones Teológicas" que Ed. Cristiandad publicó en Madrid en el año 1965.

LA BONDAD

Vamos a considerar una virtud que fácilmente se queda corta, porque es retraída, poco llamativa, tranquila: esto es, la bondad. ¡Cuántas veces se habla del amor! A eso invita, pues es grande y resplandeciente. Pero habría que hablar de él en menos ocasiones: sería mejor para él, y en cambio hablar más a menudo de lo que tanta falta hace en nuestra dura época, esto es, de la bondad. La palabra fácilmente desvía a considerar con cierto menosprecio lo que significa, a entender "bondad" como mansedumbre, lo cual es cierto que no representa nada especialmente valioso. Esta es pasividad, que deja acontecer, o pereza, que no quiere conflictos, o también tontería, a la que se puede persuadir de todo lo posible. La bondad, por el contrario, es algo fuerte y profundo, pero por eso mismo no es fácil de determinar.
Intentémoslo: Un hombre bondadoso es uno que tiene buena intención respecto a la vida, de raíz. Pero ¿se puede tener mala intención también respecto a la vida? Se puede, realmente, sobre todo cuando la cuestión no se orienta tanto a acciones visibles como a una disposición de ánimo que está detrás, y quizá no llega especialmente a la conciencia.
Por ejemplo, un hombre puede ser dominante respecto a los demás. Aunque diga que quiere lo mejor para ellos, de lo que trata en realidad es de dominarlos. Quien es así no tiene buena intención respecto a la vida, pues la ahoga con el apretón del afán de dominio. De ahí proceden muchas tragedias de familia; de que uno quiera someter a los demás sea hombre o mujer, hija o hijo. El verdadero bien deja espacio abierto a quien vive, movimiento libre, mejor dicho, se lo da, se lo produce, pues sólo ahí prospera.
O produce en el interior de un hombre un rencor a la vida. Él piensa que ha sufrido una injusticia, que sus expectaciones se han visto defraudadas, que sus pretensiones no han obtenido satisfacción. Quizá es así realmente, y debería tratar de obtener lo mejor de lo que aún es posible: pero no es capaz de pasar por encima del sentimiento de agravio, y se venga. "Todos son así", dice, porque uno ha sido así; "no hay justicia", porque considera que no la ha encontrado para sí... La bondad renuncia porque es generosa y concede libremente a los demás; porque tiene confianza y deja que la vida vuelva a empezar otra vez constantemente.
Muchas faltas de bondad proceden de la envidia. Algunos son pobres y ven a los demás con riqueza. En algún aspecto todos observan que otros tienen lo que a ellos les falta. Si no se contentan con eso se agrian, envidian a los demás lo que tienen y luego esto se envenena, haciéndose enemistad contra la vida. La bondad puede prescindir de sí, puede conceder a otros lo que le falta, quizá incluso disfrutar de ello en otro. Así cabría decir aún más.
La bondad significa que uno tenga buena intención respecto a la vida. Donde quiera que se trata con algo vivo, su primer movimiento no es desconfiar y criticar, sino tener respeto, dejar valer, ayudar a crecer ¡Cuánta falta hace esta disposición de ánimo en la vida, en la vida humana, que es tan frágil!
Pero en la bondad también hay fuerza. Cuanto más pura es, más fuerza, y la bondad perfecta es inagotable. La vida está llena de dolor; si uno tiene buena intención respecto a la vida, cuando viene el dolor y es sentido, ello, pese a todo, lo fortalece. La vida quiere ser comprendida, pero esto fatiga. Requiere ayuda; pero sólo puede ayudar realmente quien comprende, y quien comprende precisamente este dolor: quien encuentra las palabras que aquí son necesarias y ve lo que debe ocurrir para suavizarlo. ¡Ay de la bondad si es débil, por más que tenga buena intención! Le puede ocurrir que se deshaga sólo en compartir sentimientos o, por el contrario, que se vuelva violenta para defenderse.
La auténtica bondad implica paciencia. El dolor vuelve una vez y otra, queriendo ser comprendido: una vez y otra las faltas del prójimo se hacen perceptibles, y éste se vuelve insoportable precisamente porque se lo conoce de memoria. Una vez y otra la bondad debe ofrecerse y aplicarse.
Y algo más forma parte de la bondad, algo de que sólo se habla raras veces: el humor. Ayuda a sobrellevar con más facilidad: más aún, sin él no marcha nada en absoluto. Quien mira a los hombres solamente en serio, sólo en forma moral o pedagógica, a la larga no lo aguanta. Debe tener ojos para lo peculiar de la existencia. Pues todo lo humano lleva consigo algo de cómico: cuanto más grandiosamente uno se entrega más fuerte se hace esto. Pero el humor significa que se tome la naturaleza humana en serio y que uno se esfuerce por ello, pero de repente se ve qué peculiar es y uno se ríe, aunque sea sólo por dentro. La risa amistosa por la rareza de todo lo humano: eso es el humor. Ayuda a ser bondadoso, pues tras la risa la seriedad vuelve a ser más fácil de aplicar.
Otra cosa final ha de decirse sobre la bondad: a saber, que es silenciosa. La verdadera bondad no habla mucho: no se adelanta; no hace ruido con organizaciones y estadísticas: no fotografía y no analiza. Cuanto más profunda es más silenciosa se vuelve. Es el pan cotidiano de que se nutre la vida.
Donde desaparece, por mucha ciencia que haya y política y bienestar, en el fondo, todo sigue frío.
Y ahora hemos de buscar la bondad allí donde está el origen de toda virtud, en Dios.
El es la bondad por esencia. En los Salmos, el libro de oración del Antiguo Testamento, se encuentran hermosas cosas sobre ella. Cosas dignas de crédito, pues el hombre del Antiguo Testamento no era blando de corazón: no lo habría podido ser con la dura vida que tenía que llevar Israel era un pueblo pequeño y vivía en una tierra avara: la mitad era tierra pedregosa. Siempre estaba amenazado, pues en torno acechaban civilizaciones gigantescas, ricas, repletas de la soberbia y la altanería de lo mitológico, y hostiles a la pura fe en Dios de la revelación. Si alguien de ese pueblo habla de la bondad de Dios es una experiencia auténtica. Así, por ejemplo, se dice en el Salmo 144.

Suave y bondadoso es el Señor,
lento para la ira, rico en gracia.
El Señor es bondadoso para todos los seres,
misericordioso para todo lo que ha creado.

Si se pudiera ver la bondad de Dios, ese abismo de buena intención, uno tendría alegría para toda la vida. El hecho de que haya "mundo" en absoluto ya es un constante efecto de la bondad de Dios. No lo habría si Él no quisiera. No lo necesitaba Él para sí mismo, ¿por qué habría de necesitar del mundo el Dios infinito, si el mundo desaparece ante Él? Cuando Él lo crea y lo mantiene en el Ser es porque Él es bueno para el mundo.
Pero alguno preguntará: ¿Tiene el mundo aspecto de que Dios sea bueno para él? La existencia humana, ¿se presenta como obra de la bondad divina? Quien sea sincero empezará por contestar: i Cierto que no! Pues constantemente se eleva la pregunta del hombre a Dios: ¿Por qué todo esto, si Tú eres bueno? La pregunta es comprensible cuando surge de un corazón apurado, pero en sí es tonta, pues ¿de dónde viene todo lo terrible que amarga al hombre su existencia? El mismo se lo ha causado.
Cuando se eleva el reproche de cómo puede ser bueno Dios, más aún, de cómo puede haber en absoluto un Dios, si todo es como es, quien así lo hace por lo regular pregunta con alguna idea sobre de dónde viene todo lo malo. Sin embargo, así fue. Dios puso al hombre el mundo en la mano, para que, de acuerdo con el Creador, edificara esa existencia que nos muestra el Génesis bajo la imagen del Paraíso. Pero ¡el hombre no quiso! No quiso construir el Reino de Dios, sino su propio reino. De ahí viene todo lo enredado, lo inauténtico, lo destructor que hay en la actividad del hombre. ¿Cómo puede ahora levantarse y decir: "Si existieras. Dios, no habrías creado semejante mundo"? Y el trastorno atraviesa cada vez más la existencia por medio del hombre: por medio del mismo que eleva la queja.
Pues así es: cada cual de nosotros hace la vida un poco peor Toda mala palabra que decimos envenena el aire. Toda mentira, toda violencia penetra en la existencia y produce más honda confusión. Los hombres mismos somos quienes hemos convertido la vida en lo que es, de modo que no es honrado que luego nos levantemos a decir que Dios no puede ser bueno, si todo va así. Sólo podemos decir: "Señor, dame paciencia para sobrellevar lo que hemos producido, para hacer también lo mío, de modo que haya mejoría donde estoy." Esa es la única respuesta honrada.
Pero se podría objetar aún algo más, preguntando cómo puede ser bueno Dios si en el reino de esos seres que no pueden ser malos, o sea los animales, hay tan innumerables dolores. Muchos hombres melancólicos no han sabido superar esta cuestión. ¿Cómo puede estar la bondad de Dios sobre el mundo, si la creación inocente padece constantemente cosas tan terribles? Seré sincero: no conozco respuesta. Pero me ha ayudado una idea que quizá también pueda ayudar a otros, esto es, la consideración de qué significa "bondad" cuando es Dios de quien se dice. Tenemos derecho —y también obligación— de formar conceptos, a partir del reflejo de la esencia de Dios en las cosas y en nuestra propia vida, con los cuales intentamos captar cómo es El. Así podemos decir: Dios es justo. Dios tiene paciencia, Dios es bondadoso, y así sucesivamente todas las importantes expresiones con que referimos lo grande y lo hermoso de la Creación —purificado de imperfección— a Aquel que la creó. Pero si consideramos con más exactitud: ¿Qué indica, por ejemplo, la expresión de que Dios es justo? Lo que significa la palabra "justo" cuando se refiere a una persona lo sabemos, pues somos seres finitos, y por tanto captables con conceptos finitos; pero ¿y si lo referimos a Dios, que está más allá de toda medida y concepto? A nuestro pensar y decir sobre Dios le pasa eso: Todo lo que existe de modo finito recibe de El su estructura esencial. Por eso nosotros tomamos una de las cualidades de ese ser, la captamos en la palabra, la presentamos a Dios y decimos: Así es Él, sólo que de modo completamente perfecto, como modelo de esta imitación finita. Pero ahí, conscientemente, la palabra queda absorbida por el abismo de Dios, y no podemos hacer otra cosa que entender su "sobregrandeza" Igual ocurre aquí. Por ejemplo, si digo de una madre que es bondadosa, que la familia entera recibe vida de su bondad, entonces sé lo que quieren decir esas palabras, y no se puede atribuir nada mejor a una persona. Pero ¿y si digo: Dios es bueno? Para empezar, sé lo que quiero decir, pero luego el misterio se apodera de la palabra y me la arrebata. Sin embargo, permanece una orientación de sentido, como un camino resplandeciente trazado por un meteoro cuando desaparece en la inconmensurabilidad del espacio cósmico. Queda un silencio que percibe esa orientación: un respeto que se estremece ante el misterio: y todo se vuelve adoración.
Y eso, a su vez, para nuestra pregunta, significa: Dios también es bueno donde no comprendemos su bondad.


miércoles, 5 de julio de 2017

Neruda y la herencia de las palabras



LAS PALABRAS

‎"…Todo lo que usted quiera, sí señor, pero son las palabras las que cantan, las que suben y bajan… Me prosterno ante ellas… Las amo, las adhiero, las persigo, las muerdo, las derrito… Amo tanto las palabras… Las inesperadas… Las que glotonamente se esperan, se acechan, hasta que de pronto caen… Vocablos amados… Brillan como perlas de colores, saltan como platinados peces, son espuma, hilo, metal, rocío… Persigo algunas palabras… Son tan hermosas que las quiero poner todas en mi poema… Las agarro al vuelo, cuando van zumbando, y las atrapo, las limpio, las pelo, me preparo frente al plato, las siento cristalinas, vibrantes ebúrneas, vegetales, aceitosas, como frutas, como algas, como ágatas, como aceitunas… Y entonces las revuelvo, las agito, me las bebo, me las zampo, las trituro, las emperejilo, las liberto… Las dejo como estalactitas en mi poema, como pedacitos de madera bruñida, como carbón, como restos de naufragio, regalos de la ola… Todo está en la palabra… Una idea entera se cambia porque una palabra se trasladó de sitio, o porque otra se sentó como una reinita adentro de una frase que no la esperaba y que le obedeció. Tienen sombra, transparencia, peso, plumas, pelos, tienen de todo lo que se les fue agregando de tanto rodar por el río, de tanto transmigrar de patria, de tanto ser raíces… Son antiquísimas y recientísimas… Viven en el féretro escondido y en la flor apenas comenzada… Qué buen idioma el mío, qué buena lengua heredamos de los conquistadores torvos… Éstos andaban a zancadas por las tremendas cordilleras, por las Américas encrespadas, buscando patatas, butifarras, frijolitos, tabaco negro, oro, maíz, huevos fritos, con aquel apetito voraz que nunca más se ha visto en el mundo… Todo se lo tragaban, con religiones, pirámides, tribus, idolatrías iguales a las que ellos traían en sus grandes bolsas… Por donde pasaban quedaba arrasada la tierra… Pero a los bárbaros se les caían de las botas, de las barbas, de los yelmos, de las herraduras, como piedrecitas, las palabras luminosas que se quedaron aquí resplandecientes… el idioma. Salimos perdiendo… Salimos ganando… Se llevaron el oro y nos dejaron el oro… Se lo llevaron todo y nos dejaron todo… Nos dejaron las palabras."


Pablo Neruda - Confieso que he vivido