viernes, 19 de enero de 2018
viernes, 12 de enero de 2018
Fra Angelico y la Esperanza Cristiana
Fra Angelico.
La Coronación de la
Virgen
1432 - Dimensiones (112 × 114 cm)
Galería de Gli Uffizi - Florencia
La Coronación de la Virgen
es un cuadro (témpera sobre tela) realizado por Fra Angelico, alrededor de
1432. Otra versión realizada por el Angélico, unos tres o cuatro años más tarde
se halla en el Museo del Louvre en París.
La obra se menciona como de Fra Angelico en un manuscrito de
la Biblioteca Nacional de Florencia [Cod.
Magliabe., XVII, 17] y Giorgio Vasari escribe que se encontraba situada en
la iglesia de San Egidio en Florencia. También son conocidos los dos paneles de
la predela (frente inferior de la
obra). Los mismos describen las Bodas y los Funerales de la Virgen, y están
actualmente expuestos en el Museo de San Marco.
La pintura, con fondo dorado, herencia de la pintura medieval
y de la iconografía oriental, muestra al Paraíso Celestial como el lugar de la Coronación.
El mismo Cristo corona a la Virgen. Las dos figuras, se
halla en medio de los rayos de la Gloria Divina. La pintura expresa el destino
final de la Humanidad rescatada por Cristo y elevada a la Gloria de su
condición de Resucitado y Glorificado. Como toda la pintura del Angelico, tiene
una dimensión teológica y representa la Fe de la Iglesia en la Resurrección
Final y la Vida Eterna. Vemos una gran multitud de santos, ángeles y bienaventurados.
A la izquierda, en primer plano, está san Egidio, titular de la iglesia que albergaba
originalmente la obra. Su rostro fue posiblemente modelado sobre el de Antonino
de Florencia, antiguo prior del convento de San Marco, al que Fra Angelico pertenecía.
Lo siguen Zenobio de Florencia, san Francisco y santo Domingo. A la derecha se
hallan las santas mujeres con la primera testigo de la Resurrección, María Magdalena,
arrodillada. En el fondo los ángeles músicos cantan el canto nuevo de la
Alegría Definitiva.
La estructura de la obra y la utilización de colores
brillantes muestra la influencia del maestro de Fra Angelico, Lorenzo Monaco,
que pintó también una Coronación de la Virgen, y se halla igualmente en los
Uffizi.
miércoles, 20 de diciembre de 2017
Nochebuena. Un poema y un pintor.
NOCHEBUENA
Francisco Luis Bernárdez
Noche
en que el sol infinito
Mira
nuestra ceguedad
Y nos envía una
chispa
De
su inmensa claridad,
Para
que aparte las sombras,
Incendie
la soledad,
Y abra nuestros ojos
ciegos
A
la luz de la verdad.
Noche
en que el mar infinito
Contempla
nuestra aridez
Y se ofrece a
nuestros labios
En
una gota de miel,
Que
a pesar de ser pequeña
Tiene
bastante poder
Para
saciar hasta el fondo
Las
ansias de nuestra sed.
Noche
en que el cielo infinito
Mira
la tierra infeliz
Y se confunde con
ella
En
un abrazo sin fín.
Para
que, de tan dichosos,
No
podamos distinguir
Dónde
termina la tierra
Y empieza el cielo
feliz.
Noche en que el
tiempo infinito,
Sin ayer, mañana
ni hoy,
Contempla el
tiempo que mide
Nuestra pena y
nuestro amor,
Y le infunde la
energía
De su eterna
perfección,
Para que
nuestros latidos
Se cuenten por los
de Dios.
Noche en que el
Ser infinito
Se apiada de
nuestra cruz
Y da comienzo a
la suya
sobre la tierra sin
luz,
Para que yendo a
su lado
Por el bien y la
virtud,
Encontremos el
camino
De la paz y la
salud.
Andrea De
Litio (o
también Delitio o Delisio) nació en Lecce
nei Marsi, alrededor
de 1420 y murió en Atri alrededor de 1495. Fue
un pintor italiano del Renacimiento. Se cuenta entre los
mayores exponentes de la pintura centromeridional de su época. Fue un artista
de relieve del Quattrocento italiano,
junto a los escultores Nicola da Guardiagrele y Silvestro
dell'Aquila; su estilo siguió unido también al período gótico tardío, aunque conocía muy bien el arte de sus
contemporáneos más famosos.
viernes, 27 de octubre de 2017
El Greco y la expulsión de los mercaderes del Templo
La de la izquierda representa otra famosa expulsión, la del Paraíso. Adán y Eva son castigados así por su desobediencia.
La de la derecha, en cambio, representa el sacrificio de Isaac justo en el momento de la intervención del Ángel que impide el sacrificio del hijo de Abrahám y que será sustituido por el carnero enredado en la zarza, figura de Cristo en su Pasión que se entrega por la salvación de todos los hombres.

Podemos decir que El Greco sacó a la luz la doble dimensión del misterio que representaba su cuadro. Jesús es el centro del mismo. A su derecha (a nuestra izquierda) se encuentra el grupo de los mercaderes y cambistas expulsados y a su izquierda el de los discípulos que parecen comentar y contemplar lo significado por el obrar terminante de Jesús.
La expulsión de los mercaderes del templo es un cuadro pintado por El Greco (Domenikos Theotokopoulos, 1541-1614). Este óleo sobre tela mide 106 centímetros de alto y 130 cm de ancho, y fue ejecutado hacia el año 1600. Se conserva en la National Gallery de Londres.
Además existen otras cinco versiones de este mismo tema. Las dos primeras corresponden al periodo italiano. En ésta desaparecen figuras laterales de versiones anteriores y tanto el grupo de mercaderes expulsados de la izquierda como el de la derecha adquieren prácticamente la composición definitiva que se conservó en el resto de versiones. Cristo adquiere respecto a los cuadros anteriores más jerarquía quedando totalmente exento de las figuras que lo rodean, también mediante efectos de luz adquiere más protagonismo, básicamente apagando el resto de personajes. La arquitectura sigue siendo la romana que corresponde a la segunda versión pero en ésta se ha reducido su importancia, ahora solo ocupa la cuarta parte superior, también el color de la misma es más apagado. En esta versión predomina la importancia de las figuras.
Existe otra versión también realizada en el 1600, que se conserva en la Frick Collection de Nueva York, prácticamente igual a ésta pero de menor tamaño.[1]
La expulsión de los mercaderes del Templo es un relato que se encuentra en los cuatro evangelios. En los sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas) el episodio está ubicado en el comienzo de la última semana de la vida de Cristo, mientras que en Juan se ubica al comienzo de su vida pública y en el contexto de la primera de las tres Pascuas.
En los sinópticos la acción de Jesús expresa el reproche hacia aquellos que han convertido el Templo en una “cueva de ladrones”. La expulsión adquiere así un carácter de castigo purificador propio del lenguaje de los profetas que son citados: Is 56, 7 y Jer 7, 11.
Pero, en el texto joánico, como nos explica Luis H. Rivas, “Jesús no interviene con palabras tomadas del Antiguo Testamento. La primera intervención son palabras suyas dichas con autoridad (v. 16b): "¡Saquen esto de aquí y no hagan de la casa de mi Padre una casa de comercio!" Define al Templo como "la casa de su Padre" e implícitamente se manifiesta como el Hijo de Dios.
La interpretación del gesto y las palabras de Jesús está tomada del libro de los Salmos y puesta como un comentario de los discípulos: "El celo por tu casa me consumirá" (Sal 69,10). El salmista, un piadoso judío, se lamenta porque ha sido encarcelado e interpreta que ha caído en esa situación por su fidelidad al Templo ("El celo... me ha consumido"). La versión de los LXX tradujo el verbo en futuro ("… me consumirá"), y Juan asume el texto de esta forma, entendiéndolo como una profecía que se refiere directamente a Jesús y que apunta hacia la Pasión y la Pascua.”[2]
A continuación transcribo los textos para poder cotejarlos.
Mt 21, 12-13
Después Jesús entró en el Templo y echó a todos los que vendían y compraban allí, derribando las mesas de los cambistas y los asientos de los vendedores de palomas. Y les decía: «Está escrito: Mi casa será llamada casa de oración, pero ustedes la han convertido en una cueva de ladrones».
Mc 11, 15-17
Cuando llegaron a Jerusalén, Jesús entró en el Templo y comenzó a echar a los que vendían y compraban en él. Derribó las mesas de los cambistas y los puestos de los vendedores de palomas, y prohibió que transportaran cargas por el Templo. Y les enseñaba: «¿Acaso no está escrito: Mi Casa será llamada Casa de oración para todas las naciones? Pero ustedes la han convertido en una cueva de ladrones».
Lc 19, 45-46
Y al entrar al Templo, se puso a echar a los vendedores, diciéndoles: «Está escrito: Mi casa será una casa de oración, pero ustedes la han convertido en una cueva de ladrones».
Jn 2, 13-17
Se acercaba la Pascua de los judíos. Jesús subió a Jerusalén y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas y a los cambistas sentados delante de sus mesas. Hizo un látigo de cuerdas y los echó a todos del Templo, junto con sus ovejas y sus bueyes; desparramó las monedas de los cambistas, derribó sus mesas y dijo a los vendedores de palomas: «Saquen esto de aquí y no hagan de la casa de mi Padre una casa de comercio». Y sus discípulos recordaron las palabras de la Escritura:
El celo por tu Casa me consumirá.
Este trasfondo escriturístico está expresado en las imágenes que el Greco ha pintado como decoraciones del pórtico del fondo a modo de relieves monocromos y que se encuentran a la izquierda y a la derecha del arco que se halla detrás de la figura de Jesús.
La de la izquierda representa otra famosa expulsión, la del Paraíso. Adán y Eva son castigados así por su desobediencia.
La de la derecha, en cambio, representa el sacrificio de Isaac justo en el momento de la intervención del Ángel que impide el sacrificio del hijo de Abrahám y que será sustituido por el carnero enredado en la zarza, figura de Cristo en su Pasión que se entrega por la salvación de todos los hombres.
Podemos decir que El Greco sacó a la luz la doble dimensión del misterio que representaba su cuadro. Jesús es el centro del mismo. A su derecha (a nuestra izquierda) se encuentra el grupo de los mercaderes y cambistas expulsados y a su izquierda el de los discípulos que parecen comentar y contemplar lo significado por el obrar terminante de Jesús.
Éste ha venido para quitar (expulsar) el pecado del mundo y para terminar con el círculo de los sacrificios de los chivos expiatorios. Él es el único Cordero que quita el Pecado. No hace falta más sangre ni violencia sagrada. Su amor se derrama por todos y el paraíso terrenal será superado, como morada humana definitiva, por la casa del Padre de Jesús.
viernes, 6 de octubre de 2017
lunes, 14 de agosto de 2017
MAESTRO DE ALKMAAR - Obras de Misericordia
Las Obras de Misericordia , del
Maestro de Alkmaar pintadas para la Iglesia de San Lorenzo en Alkmaar, Países Bajos
. Los paneles de madera muestran las obras de misericordia en este orden: dar de
comer a los hambrientos, dar de beber a los sedientos, vestir a los desnudos,
sepultar a los muertos, albergar a los peregrinos , visitar a los enfermos, y
visitar a los encarcelados. (Ca. 1504)
ROMANO GUARDINI - LA BONDAD
Romano Guardini, nació el 17 de febrero
de 1885 en Verona (Italia) y murió el 1 de octubre de 1968 en Munich (Alemania)
a los 83 años. Fue sacerdote católico, teólogo y filósofo de la religión.
Forma parte de la generación de los
grandes teólogos católicos del siglo XX, al lado de Henri de Lubac, Karl Rahner
y Hans Urs von Balthasar. Se debe a él en particular una reflexión profunda
sobre la liturgia y es uno de los protagonistas mayores de la gesta conciliar
del Vaticano II.
La familia de Romano Guardini dejó
Italia en 1886 para trasladarse a Maguncia, donde asiste a los cursos del Liceo a partir de 1903. Estudiante
destacado, comienza sus estudios de química en Tubinga y de economía en Munich y
Berlín, estudios que abandona para ser sacerdote de la diócesis de Maguncia ordenado
por Mons. Georg Heinrich Maria Kirstein.
Estudió teología en Friburgo (Brisgovia)
y en Tubinga. Se doctora en teología en 1915 con un trabajo sobre San
Buenaventura. Trabajó con los movimientos juveniles y obtuvo una cátedra de
filosofía de la religión en 1923 en Berlín. A partir de 1945 enseña en Tubinga,
y luego en Munich desde 1948 hasta su muerte. El papa Paulo VI quiso nombrarlo
cardenal en 1965. Guardini rechazó el nombramiento por modestia.
La universidad de Ludwig-Maximilian
de Munich creó una cátedra de filosofía de la religión con su nombre.
Romano Guardini fue sepultado en
el cementerio de los sacerdotes del Oratorio de San Felipe Neri en la parroquia
de san Lorenzo de Munich. Luego sus restos fueron trasladados a una capilla
de la parroquia de San Luis de Munich.
Guardini fue reconocido por sus obras
sobre la naturaleza de la liturgia y su participación. Entre las principales se
cuentan Vom Geist der Liturgie 1918 (El
espíritu de la liturgia), Von Heiligen
Zeichen 1922-1923 (Los signos sagrados) y
Besinnung vor der Feier der Heiligen Messe 1939 (Reflexión ante la
Celebración de la Santa Misa). El corazón de la teología litúrgica de Guardini era
la asamblea, y la asamblea concreta. Sin
ella la liturgia está vacía.
El texto que sigue está sacado de sus "Meditaciones Teológicas" que Ed. Cristiandad publicó en Madrid en el año 1965.
LA BONDAD
Vamos a considerar una virtud que
fácilmente se queda corta, porque es retraída, poco llamativa, tranquila: esto
es, la bondad. ¡Cuántas veces se habla del amor! A eso invita, pues es grande y
resplandeciente. Pero habría que hablar de él en menos ocasiones: sería mejor
para él, y en cambio hablar más a menudo de lo que tanta falta hace en nuestra dura
época, esto es, de la bondad. La palabra fácilmente desvía a considerar con
cierto menosprecio lo que significa, a entender "bondad" como
mansedumbre, lo cual es cierto que no representa nada especialmente valioso.
Esta es pasividad, que deja acontecer, o pereza, que no quiere conflictos, o
también tontería, a la que se puede persuadir de todo lo posible. La bondad, por
el contrario, es algo fuerte y profundo, pero por eso mismo no es fácil de
determinar.
Intentémoslo: Un hombre bondadoso
es uno que tiene buena intención respecto a la vida, de raíz. Pero ¿se puede
tener mala intención también respecto a la vida? Se puede, realmente, sobre
todo cuando la cuestión no se orienta tanto a acciones visibles como a una disposición
de ánimo que está detrás, y quizá no llega especialmente a la conciencia.
Por ejemplo, un hombre puede ser
dominante respecto a los demás. Aunque diga que quiere lo mejor para ellos, de
lo que trata en realidad es de dominarlos. Quien es así no tiene buena
intención respecto a la vida, pues la ahoga con el apretón del afán de dominio.
De ahí proceden muchas tragedias de familia; de que uno quiera someter a los
demás sea hombre o mujer, hija o hijo. El verdadero bien deja espacio abierto a
quien vive, movimiento libre, mejor dicho, se lo da, se lo produce, pues sólo
ahí prospera.
O produce en el interior de un
hombre un rencor a la vida. Él piensa que ha sufrido una injusticia, que sus
expectaciones se han visto defraudadas, que sus pretensiones no han obtenido
satisfacción. Quizá es así realmente, y debería tratar de obtener lo mejor de
lo que aún es posible: pero no es capaz de pasar por encima del sentimiento de
agravio, y se venga. "Todos son así", dice, porque uno ha sido así;
"no hay justicia", porque considera que no la ha encontrado para sí...
La bondad renuncia porque es generosa y concede libremente a los demás; porque
tiene confianza y deja que la vida vuelva a empezar otra vez constantemente.
Muchas faltas de bondad proceden
de la envidia. Algunos son pobres y ven a los demás con riqueza. En algún
aspecto todos observan que otros tienen lo que a ellos les falta. Si no se
contentan con eso se agrian, envidian a los demás lo que tienen y luego esto se
envenena, haciéndose enemistad contra la vida. La bondad puede prescindir de
sí, puede conceder a otros lo que le falta, quizá incluso disfrutar de ello en
otro. Así cabría decir aún más.
La bondad significa que uno tenga
buena intención respecto a la vida. Donde quiera que se trata con algo vivo, su
primer movimiento no es desconfiar y criticar, sino tener respeto, dejar valer,
ayudar a crecer ¡Cuánta falta hace esta disposición de ánimo en la vida, en la
vida humana, que es tan frágil!
Pero en la bondad también hay
fuerza. Cuanto más pura es, más fuerza, y la bondad perfecta es inagotable. La
vida está llena de dolor; si uno tiene buena intención respecto a la vida,
cuando viene el dolor y es sentido, ello, pese a todo, lo fortalece. La vida
quiere ser comprendida, pero esto fatiga. Requiere ayuda; pero sólo puede
ayudar realmente quien comprende, y quien comprende precisamente este dolor:
quien encuentra las palabras que aquí son necesarias y ve lo que debe ocurrir
para suavizarlo. ¡Ay de la bondad si es débil, por más que tenga buena
intención! Le puede ocurrir que se deshaga sólo en compartir sentimientos o,
por el contrario, que se vuelva violenta para defenderse.
La auténtica bondad implica
paciencia. El dolor vuelve una vez y otra, queriendo ser comprendido: una vez y
otra las faltas del prójimo se hacen perceptibles, y éste se vuelve
insoportable precisamente porque se lo conoce de memoria. Una vez y otra la
bondad debe ofrecerse y aplicarse.
Y algo más forma parte de la
bondad, algo de que sólo se habla raras veces: el humor. Ayuda a sobrellevar con
más facilidad: más aún, sin él no marcha nada en absoluto. Quien mira a los
hombres solamente en serio, sólo en forma moral o pedagógica, a la larga no lo
aguanta. Debe tener ojos para lo peculiar de la existencia. Pues todo lo humano
lleva consigo algo de cómico: cuanto más grandiosamente uno se entrega más
fuerte se hace esto. Pero el humor significa que se tome la naturaleza humana
en serio y que uno se esfuerce por ello, pero de repente se ve qué peculiar es
y uno se ríe, aunque sea sólo por dentro. La risa amistosa por la rareza de
todo lo humano: eso es el humor. Ayuda a ser bondadoso, pues tras la risa la seriedad
vuelve a ser más fácil de aplicar.
Otra cosa final ha de decirse
sobre la bondad: a saber, que es silenciosa. La verdadera bondad no habla mucho:
no se adelanta; no hace ruido con organizaciones y estadísticas: no fotografía
y no analiza. Cuanto más profunda es más silenciosa se vuelve. Es el pan
cotidiano de que se nutre la vida.
Donde desaparece, por mucha
ciencia que haya y política y bienestar, en el fondo, todo sigue frío.
Y ahora hemos de buscar la bondad
allí donde está el origen de toda virtud, en Dios.
El es la bondad por esencia. En
los Salmos, el libro de oración del Antiguo Testamento, se encuentran hermosas cosas
sobre ella. Cosas dignas de crédito, pues el hombre del Antiguo Testamento no
era blando de corazón: no lo habría podido ser con la dura vida que tenía que
llevar Israel era un pueblo pequeño y vivía en una tierra avara: la mitad era
tierra pedregosa. Siempre estaba amenazado, pues en torno acechaban civilizaciones
gigantescas, ricas, repletas de la soberbia y la altanería de lo mitológico, y
hostiles a la pura fe en Dios de la revelación. Si alguien de ese pueblo habla
de la bondad de Dios es una experiencia auténtica. Así, por ejemplo, se dice en
el Salmo 144.
Suave y
bondadoso es el Señor,
lento para la
ira, rico en gracia.
El Señor es
bondadoso para todos los seres,
misericordioso
para todo lo que ha creado.
Si se pudiera ver la bondad de
Dios, ese abismo de buena intención, uno tendría alegría para toda la vida. El
hecho de que haya "mundo" en absoluto ya es un constante efecto de la
bondad de Dios. No lo habría si Él no quisiera. No lo necesitaba Él para sí
mismo, ¿por qué habría de necesitar del mundo el Dios infinito, si el mundo
desaparece ante Él? Cuando Él lo crea y lo mantiene en el Ser es porque Él es
bueno para el mundo.
Pero alguno preguntará: ¿Tiene el
mundo aspecto de que Dios sea bueno para él? La existencia humana, ¿se presenta
como obra de la bondad divina? Quien sea sincero empezará por contestar: i
Cierto que no! Pues constantemente se eleva la pregunta del hombre a Dios: ¿Por
qué todo esto, si Tú eres bueno? La pregunta es comprensible cuando surge de un
corazón apurado, pero en sí es tonta, pues ¿de dónde viene todo lo terrible que
amarga al hombre su existencia? El mismo se lo ha causado.
Cuando se eleva el reproche de
cómo puede ser bueno Dios, más aún, de cómo puede haber en absoluto un Dios, si
todo es como es, quien así lo hace por lo regular pregunta con alguna idea
sobre de dónde viene todo lo malo. Sin embargo, así fue. Dios puso al hombre el
mundo en la mano, para que, de acuerdo con el Creador, edificara esa existencia
que nos muestra el Génesis bajo la imagen del Paraíso. Pero ¡el hombre no
quiso! No quiso construir el Reino de Dios, sino su propio reino. De ahí viene
todo lo enredado, lo inauténtico, lo destructor que hay en la actividad del hombre.
¿Cómo puede ahora levantarse y decir: "Si existieras. Dios, no habrías
creado semejante mundo"? Y el trastorno atraviesa cada vez más la
existencia por medio del hombre: por medio del mismo que eleva la queja.
Pues así es: cada cual de
nosotros hace la vida un poco peor Toda mala palabra que decimos envenena el
aire. Toda mentira, toda violencia penetra en la existencia y produce más honda
confusión. Los hombres mismos somos quienes hemos convertido la vida en lo que
es, de modo que no es honrado que luego nos levantemos a decir que Dios no puede
ser bueno, si todo va así. Sólo podemos decir: "Señor, dame paciencia para
sobrellevar lo que hemos producido, para hacer también lo mío, de modo que haya
mejoría donde estoy." Esa es la única respuesta honrada.
Pero se podría objetar aún algo
más, preguntando cómo puede ser bueno Dios si en el reino de esos seres que no
pueden ser malos, o sea los animales, hay tan innumerables dolores. Muchos
hombres melancólicos no han sabido superar esta cuestión. ¿Cómo puede estar la
bondad de Dios sobre el mundo, si la creación inocente padece constantemente
cosas tan terribles? Seré sincero: no conozco respuesta. Pero me ha ayudado una
idea que quizá también pueda ayudar a otros, esto es, la consideración de qué
significa "bondad" cuando es Dios de quien se dice. Tenemos derecho
—y también obligación— de formar conceptos, a partir del reflejo de la esencia
de Dios en las cosas y en nuestra propia vida, con los cuales intentamos captar
cómo es El. Así podemos decir: Dios es justo. Dios tiene paciencia, Dios es
bondadoso, y así sucesivamente todas las importantes expresiones con que
referimos lo grande y lo hermoso de la Creación —purificado de imperfección— a
Aquel que la creó. Pero si consideramos con más exactitud: ¿Qué indica, por
ejemplo, la expresión de que Dios es justo? Lo que significa la palabra "justo"
cuando se refiere a una persona lo sabemos, pues somos seres finitos, y por
tanto captables con conceptos finitos; pero ¿y si lo referimos a Dios, que está
más allá de toda medida y concepto? A nuestro pensar y decir sobre Dios le pasa
eso: Todo lo que existe de modo finito recibe de El su estructura esencial. Por
eso nosotros tomamos una de las cualidades de ese ser, la captamos en la
palabra, la presentamos a Dios y decimos: Así es Él, sólo que de modo
completamente perfecto, como modelo de esta imitación finita. Pero ahí,
conscientemente, la palabra queda absorbida por el abismo de Dios, y no podemos
hacer otra cosa que entender su "sobregrandeza" Igual ocurre aquí. Por
ejemplo, si digo de una madre que es bondadosa, que la familia entera recibe
vida de su bondad, entonces sé lo que quieren decir esas palabras, y no se puede
atribuir nada mejor a una persona. Pero ¿y si digo: Dios es bueno? Para
empezar, sé lo que quiero decir, pero luego el misterio se apodera de la
palabra y me la arrebata. Sin embargo, permanece una orientación de sentido,
como un camino resplandeciente trazado por un meteoro cuando desaparece en la inconmensurabilidad
del espacio cósmico. Queda un silencio que percibe esa orientación: un respeto
que se estremece ante el misterio: y todo se vuelve adoración.
Y eso, a su vez, para nuestra
pregunta, significa: Dios también es bueno donde no comprendemos su bondad.
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